La noche, el abrigo del canalla. La ciudad se encuentra sumida en la oscuridad, excepto por algunas farolas, las pocas que funcinonan, que arrojan una deprimente luz amarilla. Casi todo el mundo duerme. Solo las personas de mal vivir recorren las calles frías y lúgubres de la urbe en esta noche de invierno.
A la hora de las brujas es cuando termino de revisar el texto que tenía que revisar para hoy. Pincho en el botón de enviar con mi viejo ratón de bola que está conectado a un portátil aún más viejo y compruebo que el texto corregido ha quedado registrado en la plataforma a través de la que recibo los trabajos. Nunca sé quienes son los autores. Siempre vienen con pseudónimo. Así es mejor.
Cierro la tapa del portátil y miro a mi alrededor. No es que haya mucho que ver. Mi casa solo tiene una estancia. además de un cuarto de baño. No tengo muchos muebles. Tengo un colchon de muelles sobre un somier de muelles. Muchos de los muelles tanto del somier como del colchón están rotos. También tengo un sillón de skay rojo que parece sacado de la decoración de un burdel. Un tablero de madera sobre dos caballetes hace de mesa. Tengo también una suerte de estantería hecha con lo que en tiempos fue un palé.
La cocina por supuesto que está abierta al salón, en lo que hoy llamarían los diseñadores de interiores una casa de concepto abierto. Yo lo llamo caja de zapatos. También tengo un minirefrigerador y una lámpara de pie, con una bombilla incandescente que nominalmente da 100W, pero ilumina como si fuese de 40. La luz de la estancia es naranja excepto por un destello rosáceo que entra por la ventana, producido por un letrero de neón que está en la fachada de enfrete.
El baño mide un metro cuadrado aproximadamente. Ahí dispongo de un lavabo diminuto y un váter. No tengo bañera ni plato de ducha. En su lugar hay un sumidero en el suelo y una ducha incrustada en el techo. No tengo espejo, ni peine, aunque tampoco me hace falta.
En mi casa hay una única ventana. En ocasiones me asomo para mirar la noche, pero hoy miro hacia la noche sin asomarme, porque hace frío. Vuelvo la vista a mi muñeca y miro en mi reloj la hora. Las dos de la madrugada. Ese reloj es lo único que conservo de mi pasado. Eso y cuatro discos compactos de mi colección. Fingir tu propia muerte es complicado cuando además de desaparecer tú desparece también tu colección de vinilos y tus cuadernos de chistes.
Algo me perturba. Esa mujer que ha venido antes me conoce. Sabe donde vivo. Nadie lo había sabido hasta ahora. Mi único contacto con el exterior es mi vecina de abajo, la señora Robinson. Ella tiene como cien años, siglo arriba o siglo abajo. Vale, no tiene cien años, pero es vieja, y no ve muy bien. Vive de la pensión de viudedad de su marido, que fue administravivo en el ministerio de transporte. Eso fue más o menos por la época de los trenes a vapor o de las calzadas romanas. La mujer es muy simpática o eso pienso. No estoy seguro, porque procuro intercambiar con ella las menos palabras necesarias
Llevo diez años sin salir a la calle. Todo mi contacto con la calle es mi diminuta ventana. Ni siquiera he explorado el desncansillo. De hecho hasta hoy no sabía como suena el timbre de mi casa. La señora Robinsón siempre llama a la puerta con los nudillos de forma muy particular. Además de comida precocinada que le encargo que compre para mi en ocasiones me agasaja con su exquisito arroz caldoso. La mujer es simpática, pero yo no le doy la oportunidad de demostrarlo.
Me asomo a la mirilla de la puerta. La escalera está a oscuras. No se ve movimiento en el descansillo. Supongo que la mujer misteriosa se habrá cansado de gritar y que no la hiciese caso y se habrá ido a su casa. Aún así el incidente me preocupa. Dejé mi vida anterior atrás y desaparecí por un buen motivo. Vivir la vida como Piter Panceta era demasiado peligroso. No era solo la rivalidad entre humoristas, era el ambiente en el que me movía: la noche. La noche era mi hogar. Me movía de un garito cutre a otro con una agilidad pasmosa. Los jueves tenía mi monólogo en la Chocita del Mono. Allí acompañaba al piano a los otros humoristas. Los demás días visitabla los clubes de jazz más oscuros y siniestros de la ciudad. En algunos actuaba y en otros simplemente escuchaba a los músicos que allí había. Y luego estaba el Jazztedigo. Ese ere el más oscuro y el más siniestro. Donde se reunían los canallás más canallas de la ciudad.
Allí es donde empezó el principio del fin. Aquella fría noche de febrero de 2011 toqué algunos temas del repertorio nuevo con mi grupo para probarlos ante el público y ver que tal funcionaban. Éramos el trío de jazz más potente de la ciudad. Probablemente éramos la banda de jazz más potente del país. Joder, éramos la banda de música más influyente del mundo. Lo único que pasaba es que aún no nos habían descubierto y sólo nos conocían en nuestras casas a la hora de comer.
Nuestro nombre artístico era "Vulgar despliegue de placer". Puede que los niñatos de la generación Z e incluso los millenials no entiendan la referencia a los Pantera, pero un maestro del jazz puede encontrar la inspiración en cualquier otro estilo. Y nosotros éramos unos auténticos maestros. Al saxo tenor estaba Mikel Night. El tío era un dios del saxofón. No hacía falta decir mucho más de él. La base rítmica la ponía King Conga a la batería. Tocaba sin camiseta mostrando su negro musculado cuerpo lleno de tatuajes. Era un portento físico, seguramente por herencia de sus ancestros angoleños, y era un espectáculo verle tocar. Anteriormente tocaba en una banda de trash metal, pero esa banda se había disuelto y había cambiado de género. Sus bases rítmicas sacaban lo mejor de nosotros y nos insopiraban para hacer el más difícil todavía. Y luego estaba yo, al control de la nave espacial. Por nave espacial me refiero a los sintetizadores y los secuenciadores.
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